COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      7.4. ARIZMENDIARRETA Y SU ELITE ECONÓMICA Y TECNOCRÁTICA

      El franquismo era el brazo político-militar y cultural, con el aporte substancial de la Iglesia Católica, de la dictadura burguesa. Por eso, el movimiento obrero fue brutalmente aplastado y, en cuanto burguesía española, el franquismo aplastó con inquina especial al pueblo trabajador vasco. La experiencia cooperativista, pese a todas sus ambigüedades, fue reducida a su mínima expresión e integrada, su resto, en la maquinaria controladora y represora del régimen. En 1938 se dictó en Burgos la primera Ley sobre el cooperativismo franquista que anulaba la republicana de 1931, y entre enero de 1942 y noviembre de 1943 se implementó la regulación completa del cooperativismo oficial para todo el Estado. En realidad, era difícil compaginar el cooperativismo y el corporativismo franquista, sobre todo en el período de autarquía, antes de 1959. Sin embargo, pese a todo, ya en verano de 1946 se creó la "Unión Provincial de Cooperativas de Consumo de Vizcaya", como respuesta a la nueva tendencia lenta pero premonitoria de recuperación del cooperativismo.

      No es casualidad, por tanto, que en 1947 la patronal retomase la vieja iniciativa de crear cooperativas propias, como la de la fábrica Michelín en Lasarte. Tampoco es casualidad que a comienzos de 1958 se decretase que las empresas con más de 500 trabajadores creasen los "Economatos Laborales", decisión que recuperaba y adaptaba a las duras condiciones de vida de esa época de la táctica patronal de 1904, como hemos visto anteriormente.

      Fue en este período cuando se sentaron las bases de lo que terminaría siendo Mondragón Corporación Cooperativa. Desde la perspectiva de este texto sobre la autogestión socialista como un proceso que integra sistémicamente desde el apoyo mutuo hasta el modo comunista de producción pasando por múltiples formas de solidaridad, cooperación, consejismo, etc., desde aquí, el cooperativismo de Mondragón ha de ser visto críticamente como uno de los ejemplos paradigmáticos de la ebullición de las ambigüedades contradictorias del cooperativismo neutral y aséptico en una sociedad clasista convulsa y en un pueblo oprimido nacionalmente. Ebullición que nunca permite la emergencia de una solución creativa ni a la opresión nacional ni a la explotación de clase porque, a pesar de las contradicciones que hierven en su interior, no surge ninguna solución nueva porque todos los componentes son viejos.

      En un texto conjunto a este ya se ha investigado la práctica real de MCC, y nos remitimos a él. Aquí solamente vamos a hacer un somero repaso de la ideología de Arizmendiarrieta siguiendo los textos "Pensamientos", "La empresa para el hombre" y "Emancipación obrera: la cooperación" y la voluminosa obra de Joxe Azurmendi: "El Hombre Cooperativo. Pensamiento de Arizmendiarrieta".

      La muestra definitiva del límite estructural del cooperativismo de Mondragón lo tenemos en el hecho de que mientras la ideología de Arizmendiarrieta se va acercando con el tiempo hacia una crítica superficial del sistema capitalista sustentada sobre una mezcolanza de ideologías del siglo XIX conjuntada mediante la doctrina social católica y con algunas dosis muy pequeñas, para dar aroma, de referencias izquierdosas. Esta superestructura ideológica, verdadera sopa ecléctica, en modo alguno puede dirigir la práctica real del cooperativismo sino, lo que es decisivo, ir por detrás de esa práctica justificando sus actos por cuanto la ambigüedad de la "teoría" permite legitimar cualquier cosa. Así, en relativamente poco tiempo, el cooperativismo realmente existente termina contradiciendo la "teoría" inicial.

      Y este distanciamiento se agudizará una vez muerto Arizmendiarrieta de tal modo que su ideología --que no teoría-- termine en un estruendoso fracaso. No es la primera vez que sucede una cosa así, ni será la última. Los casos de Owen, Fourier y Proudhom, por citar algunos directamente relacionados con el cooperativismo, son de sobra conocidos, como lo es el de Gandhi en otra problemática reformista que también tiene sus conexiones indirectas con cierta interpretación del cooperativismo.

      Queremos decir con esto que la razón del fracaso no radica exclusivamente en la extrema debilidad teórica del pensamiento de Arizmendiarrieta, lo que es cierto, ni tampoco en el hecho de que es un pensamiento ideológico, que encubre e invierte la realidad contradictoria, presentando la causa como efecto y viceversa. Una razón importante aunque secundaria de ello es su idealismo religioso, cristiano, y además fuertemente influenciando por Mounier, Borne y Maritain, y por Kant, como demuestra Joxe Azurmendi.

      La razón del fracaso, en última instancia, radica en la propia naturaleza del capitalismo que, en determinadas situaciones transitorias, puede tolerar alguna pequeña autonomía del cooperativismo e incluso su duración prolongada en algún caso excepcional pero, inexcusablemente, termina por integrar el cooperativismo en la lógica de la acumulación ampliada, o, en caso contrario, por desintegrarlo. La superestructura ideológica del cooperativismo no revolucionario, en este caso el de Arizmendiarrieta, sólo sirve para engatusar a sus miembros en una primera fase, la de ascenso, después para justificar su estancamiento y, por último, para no descubrir las razones materiales del fracaso.

      Nosotros vamos a descomponer la mezcolanza ideológica, vamos a analizar los cinco tropiezos que tiene la sopa ecléctica del cooperativismo de Arizmendiarrieta --su concepción económica burguesa, su arrogancia elitista, su propuesta educativa, su falsa neutralidad, y su indiferencia política ante la opresión nacional vasca-- entrelazados y mutuamente influyentes en una época decisiva, como es 1965-1976, año de su muerte.

      Con respecto a la primera cuestión, la de su concepción económica, Arizmendiarrieta está lastrado por una confusa ideología sobre de la propiedad privada:

      "El cooperativismo trata de que todos sean acreedores a un capital, a una propiedad; y persigue este fin a pesar de tener que desenvolverse en un medio ambiente y en un marco institucional prácticamente incompatibles, en un clima natural y educativo que minusvalora los valores comunitarios. En primer lugar el cooperativismo acaba con el divorcio de la propiedad y del trabajo. Luego, estima y valora la propiedad, no en sí misma, sino por su carácter dinámico, por su condición de instrumento de promoción: "no sólo aboga el cooperativismo por la propiedad privada y el capital cuando los patrimonios son fruto de un esfuerzo, de un sacrificio, sino que los sobrevalora como elementos de promoción progresiva y, por eso, en ningún ambiente puede encontrarse mejor considerado un patrimonio que nace de un esfuerzo, , se constituye sustrayéndose a ciertas comodidades, como entre los cooperativistas"- El cooperativismo, finalmente, promueve la propiedad para todos "mediante la paralela y sincronizada promoción de patrimonios personales y comunitarios", en oposición al capitalismo, que provoca una concentración de propiedad individual tal que la mayoría carece de ella o dispone de la misma en límites puramente simbólicos".

      Siendo en exceso magnánimos, podríamos estar tentados a pensar que semejante contraposición entre el cooperativismo y el capitalismo sólo podría sostenerse en la educación de Arizmendiarrieta, lastrada por la Iglesia y el franquismo, por su censura y por la dificultad relativa de acceder a textos más profundos. Pero esa magnanimidad es demasiada dado que, en esa misma época, otras personas con recursos para disponer de información y para contrastar teorías, no dudaban en hacerlo. ¿Cómo explicar entonces este pensamiento? ¿Solamente por la imposibilidad de disponer de más información, por cruda ignorancia o por simple ideología utópica? ¿O por todo ello a la vez? ¿Cómo entender sino lo que sigue?:

      "Los cooperativistas hemos renunciado al sistema capitalista, pero no a la necesidad de disponer cada vez de más amplios capitales. Ello entrañaría la renuncia al progreso, a la productividad e incluso a la mejora de nuestra comodidad laboral".

      La forma de resolver la cuadratura del círculo de un capital sin capitalismo es, para Arizmendiarrieta muy sencilla, aceptando lo bueno y dejando lo malo del capitalismo:

      "No basta hablar mal del capitalismo como sistema. Hay que profundizar en su contenido interno y, extraer del mismo aquellos factores útiles, que son propios de cualquier régimen o sistema que pretende hacer avanzar y progresas a la empresa y a la sociedad. Este factor insustituible es el de la capitalización progresiva de los excedentes que surgen del trabajo no consumid,. Bien es verdad que la imputación y titularidad de estos excedentes es lo que realmente está en entredicho, pero no es nuestro objetivo aclarar esta cuestión, sino en llevar al ánimo de todos nosotros la importancia de la noción de capitalización, que va unida a la noción de implicación de cada miembro de la comunidad de trabajo, como factor estimulante e imprescindible en el proceso de producción de bienes".

      Si el cooperativismo ha renunciado al capitalismo --lo malo-- pero aceptando el capital, la capitalización --lo bueno--, entonces ¿cómo definir la empresa cooperativa? La respuesta es esta: "Consideramos que la empresa debe ser una comunidad humana de actividades e intereses, basada en la propiedad e iniciativa privada (salvo en el caso de que por causas de bien común intervenga el Estado), instituida para prestar a la sociedad un servicio de producción necesario o conveniente, mediante el cual recibe una contraprestación económica acorde con el servicio prestado, que es retribuida entre sus miembros de una manera justa".

      Y para intentar el milagro último, buscado desde siempre por reformadores y utópicos, Arizmendiarrieta crea la figura del "trabajador empresario": "El cooperativista, además de trabajador, es también empresario. No puede desdoblarse en forma tal que pueda ser lo uno o lo otro separadamente. Su éxito depende de que en ambas funciones y paneles esté a la altura de las circunstancias; a nadie puede disculparse una preocupación exclusiva por lo uno o lo otro, ya que en el caso del cooperativista ambas condiciones, de trabajador y empresario, van tan estrechamente ligadas como el cuerpo y el alma". Fijémonos, empero, que en la frase citada el trabajador es igualado al cuerpo y el empresario al alma.

      Hay en esta cita una afirmación a nuestro entender clave para comprender especialmente dos de entre las muchas de las incoherencias teóricas y prácticas de Arizmendiarrieta: "salvo en el caso de que por causas de bien común intervenga el Estado". Por un lado, esta es una tesis esencialmente reaccionaria tanto en lo social como en lo nacional vasco. El sacerdote debía haber oído al menos las críticas de mucha gente al Estado franquista, a sus crímenes y a su permanente intervención contra Euskal Herria. Aunque su formación teórica fuera nula --como lo era-- en lo relacionado al conocimiento de la teoría política y económica, y aunque su ideología fuera utópica en extremo, siendo así, empero, afirmar que el Estado puede intervenir por "causa de bien común" es burlarse de la historia y burlarse del presente. Es más, sólo desde lo que entonces eran restos del liberalismo decimonónico más conservador, el de "laissez faire, laissez passé", podría comprenderse semejante afirmación.

      Ahora bien ¿habría leído Arizmendiarrieta a los neoliberales como Ayek o von Misses que ya para entonces empezaban a ser adorados por la derecha burguesa? ¿Cómo compaginar el explícito contenido neoliberal de esta frase con sus constantes afirmaciones de que el cooperativismo es la "tercera vía", la alternativa a los extremos del capitalismo más individual y el comunismo más autoritario?

      La respuesta a esta pregunta nos lleva a la otra incoherencia. Como veremos más adelante, el sacerdote cooperativista sí está de acuerdo con el intervencionismo estatal pero siempre y cuando sea en beneficio de su cooperativismo, siempre y cuando lo proteja e impulse. Como veremos luego, esto no es una contradicción irresoluble. Solamente es una muestra más de la doblez y del cinismo neoliberal que quiere acaparar para sí la protección exclusiva del Estado burgués. ¿Cómo relacionar ambas incoherencias? De una forma tan simple como es recurrir ala historia del elitismo dirigente y del elitismo tecnocrático. Las minorías que se han erigido en grupos selectos, superiores y directores de las masas siempre han defendido la tesis de que ellos deben dirigir a la sociedad y, por tanto, deben o bien controlar al estado o bien recibir el apoyo estatal. El cooperativismo del Arizmendiarrieta aúna ambas posturas, lo que nos lleva a la segunda crítica.

      El elitismo dirigente es tan viejo como la escisión entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, y podemos rastrear sus orígenes en Platón y sobre todo en Aristóteles; y el elitismo tecnocrático dirigente surge en el mismo momento en el que la burguesía necesita exterminar el saber artesanal y después el saber obrero para convertirlo en partes del capital, y sus orígenes están ya dados teóricamente en Comte y sobre todo en Pareto, de donde se introdujo en el fascismo por la puerta grande. Tenemos así, sin mayores precisiones, los dos básicos sustentadores del elitismo franquista: la mezcla del idealismo religioso con el fascismo italiano. El nacional-catolicismo franquista es la síntesis de ambos, y el Opus Dei introdujo en ese elitismo un contenido tecnocrático espeluznante.

      Disponemos así de una descripción mínimamente adecuada del contexto político, ideológico y religioso que a grandes rasgos explica el elitismo de Arizmendiarrieta; el otro componente, el económico, proviene de la ideología neoliberal que antes hemos descubierto en su tesis sobre el Estado, y recordemos que Pareto pertenecía a la escuela austríaca del marginalismo, punto de arranque del neoliberalismo. De todos modos, el pensamiento de Arizmendiarrieta es tan confuso y revuelto, dentro de sus pilares básicos, que estos diferentes componentes se mezclan en diferentes mixturas según los momentos y los temas.

      Pero veamos ya algunos ejemplos de elitismo: << "los constructores de la grandeza de la humanidad son, ante todo, los pocos hombres que consagran su vida a los valores espirituales" (Ib.), los sabios, los artistas, los pensadores, los santos, los justos. Todo lo que eleva al hombre procede de ellos, lo mismo el arado, la rueda o la máquina de vapor, que la obra de educación y de perfeccionamiento del hombre mismo. "El justo aporta a la vida social el concurso de un espíritu que busca la verdad y el bien, no simplemente su propio bien en detrimento del ajeno, sino el bien" (Ib.)>>. Más aún, Arizmendiarrieta, que no valora en su justa importancia el esfuerzo conscientemente teórico del cooperativismo en buena parte de sus prácticas de masas, de partidos y de sindicatos, añade que:

      "El movimiento cooperativo de tipo industrial que conocemos se ha desarrollado por generación espontánea, al abrigo y amparo de personas nobles, bien intencionadas y, en no pocos casos, ajustadas en conocimientos y, por supuesto, las más sensibilizadas en transformar una situación con la que no están de acuerdo".

      Semejante desprecio por la capacidad de intervención creativa de las masas trabajadoras, capaces de elaborar mediante el cooperativismo socialista y otros instrumentos e instituciones, un proceso de autogestión social generalizada, es del todo coherente con el más frío de los elitismos tecnocráticos actuales. Pero no solamente esto, Arizmendiarrieta va más allá y sostiene que: "Una buena concepción de la cooperación debe poder ver en la gestión empresarial un noble y complejo quehacer, por lo que sus protagonistas son acreedores al apoyo de todos". O más crudamente:

      "Los trabajadores empresarios podemos tener y debemos tener un puesto de honor en el desarrollo del país, en la gestión y conducción de sus problemas; sobre todo hemos de poder dejar constancia de que hoy los Trabajadores tienen madurez y su emancipación se impone: no se puede retrasar alegando su minoría de edad o impreparación- El Trabajo es un blasón y una fortaleza siempre actuales".

      Lo realmente insoportable de esta ideología no es su forma abstracta, aun siendo esto muy grave, sino sobretodo el que se elaborase y divulgase cuando el franquismo iniciaba su deterioro, cuando las masas trabajadoras comenzaban a ponerse en pie y cuando iba tomando cuerpo y fuerza la lucha de liberación nacional y social de Euskal Herria. En estas condiciones el mensaje del sacerdote cooperativista aparecía como una oferta asequible, una promesa de futuro para cientos o miles de personas que por la censura franquista, el silencio atroz y el olvido del pasado impuesto por la derrota de 1939, el miedo o el egoísmo no querían saber nada de la lucha revolucionaria, o no podían saber nada del socialismo, o creían sinceramente en la doctrina social católica. Además, les presentaba una imagen no sólo idílica del cooperativismo oficial sino también impulsaba una ambición social precisa, la de que la comunidad debía poner en "un puesto de honor" a los cooperativistas en la dirección de la sociedad.

      Mientras el franquismo se resistía a morir provocando la muerte de la oposición creciente, y mientras el movimiento obrero se organizaba y los partidos se movilizaban y se dividían, Arizmendiarrieta presentaba una "tercera dirección " como alternativa a la pugna ya abierta entre la tendencia a la autogestión socialista del pueblo trabajador y la tendencia a delegar el poder político en los partidos y sindicatos que en su inmensa mayoría, apenas habían luchado contra la dictadura franquista.

      7.5. ARIZMENDIARRIETA Y SU EDUCACIÓN COMO MITO LIBERADOR

      Es una constante de la ideología burguesa, y de todas las de las clases dominantes basadas en la explotación de la fuerza de trabajo, sostener que la dirección de la sociedad corresponde a la elite, a quien monopoliza el conocimiento, la inteligencia y la información. El resto, la inmensa masa de explotados ignorantes e incultos, debe obedecer y, a lo sumo, intentar mejorar mediante un sistema educativo ideado por el poder elitista. Llegamos así a la tercera consideración crítica sobre la obra ideológica de Arizmendiarrieta.

      Los partidos que desde finales de la década de 1961 intentaban controlar y dirigir hacia el reformismo parlamentario y la claudicación práctica al poderoso movimiento de masas, y liquidar a la vez la lucha independentista, asumían de pleno esta ideología aunque la modernizaban con el derecho a un voto --"calla y vota, idiota" según decía un lema abstencionista-- limitado por una democracia castrada impuesta por los poderes fácticos. Contra ellos se levantaba un movimiento espontáneo de autogestión social y de independencia de clase, de consejismo obrero y popular que llegó en Euskal Herria a su plasmación más alta, y que fue brutalmente reprimido por las fuerzas represivas, como la masacre del 3 de marzo de 1976 en Gasteiz al atacar la policía a la asamblea de trabajadores refugiada en la catedral de la ciudad.

      Pues bien, en la mitad de esta pugna aparece la propuesta del sacerdote cooperativista según el cual, son "los sabios, los artistas, los pensadores, los santos, los justos" quienes impulsan el progreso humano, y quienes desarrollan las cualidades de los "trabajadores empresarios". Son estos, en síntesis, quienes deben dirigir la sociedad. Arizmendiarrieta podía haber dicho que era "la sociedad" la encargada de regirse a sí misma, como sostenían los partidos parlamentarios y reformistas, y en una dictadura eso sonaba incluso "democrático". Pero ni eso.

      Para reducir la distancia entre la elite directora y la masa dirigida, el sacerdote intercala su modelo educativo. Como en el socialismo utópico, es la educación de las masas, antes que su intervención revolucionaria, la que les permitirá ascender a su libertad. Aún y todo así, hay que precisar que el sistema educativo de Arizmendiarrieta es impresionantemente conservador y hasta reaccionarios en determinados momentos, como este:

      "Es verdad que los que tienen alma de peón mejor es que queden en peones, pero no hemos de pensar que las únicas almas de peón brotan en la clase humilde". Partimos, pues, de una base lapidaria y contundente --"que queden en peones"-- esencialmente reaccionaria. A partir de aquí podemos estudiar mejor la finalidad de su sistema educativo: "La mejor forma de que una comunidad sea dinámica, floreciente en iniciativas de todo género, es la concesión de amplias opciones a todos los que estén en condiciones de cultivar sus facultades superiores". Está claro que no son quienes tienen "alma de peón" los que están en "condiciones de cultivar sus facultades superiores".

      Arizmendiarrieta no oculta la severidad de su modelo, un modelo que no puede ser rebajado en su exigente calidad so riesgo de desvirtuase, como luego veremos. Antes hay que decir que la formación de los hombres capaces de asumir esas obligaciones se basa en que "Educación, trabajo y ahorro suenan a tres cosas tan dispares que abordarlas como un pudiera parecer un contrasentido; sin embargo, tenemos que considerarlas más bien como tres dimensiones o aspectos de un mismo problema, el problema de la promoción social de los hombres y de los pueblos".

      Ahora bien, antes de estudiar cómo es la educación que va unida al trabajo y al ahorro, hemos de leer estas palabras del sacerdote sobre las especiales aptitudes de los cooperativistas: "El radicalismo del planteamiento cooperativo cara al desarrollo, apelando al concurso integral, laboral y económico, personal y comunitario, de sus adeptos, impone la alternativa del éxito o del fracaso más rotundo; presupone espíritus fuertes o, cuando menos, hombres dispuesto a jugar el todo por el todo. Por eso mismo no es una fórmula apta para todos; pero el mayor error que pudiéramos cometer es el de situar sus exigencias al nivel de los más débiles, en cuyo caso será imposible que se alcances niveles elevados".

      Sin embargo, a pesar de que Arizmendiarrieta insiste con frecuencia en las especiales aptitudes de los cooperativistas, y aunque incluso, como los revolucionarios antiburocráticos e igualitarista de todas las épocas, afirme que: "Una sociedad que intente seriamente planificar el desarrollo de la grandeza humana, necesita contar con una plantilla suficiente de hombres competentes dispuestos a cargar con los puestos de mayor responsabilidad y calidad sin exigir por ello un nivel de vida individual y familiar superior al resto del pueblo", pese a esta declaración que formal e inicialmente podemos subscribir, el problema real y práctico es muy opuesto ya que fue el mismo sacerdote quien, como veremos luego, no dudaba en pedir al régimen franquista unas especiales condiciones fiscales y ayudas al cooperativismo. ¿En qué quedamos? Suena a trampa el sermonear sobre la dureza del cooperativismo pero a la vez, en plena dictadura, exigir un trato a favor para suavizar el funcionamiento cooperativo.

      Dejemos para más adelante estas y otras contradicciones porque ahora nos interesa comprender que el sacerdote acepta la existencia de dos grandes bloques de personas, los peones y débiles, y los dirigentes, los "espíritus fuertes". Esta división es coherente con la ideología de la elite. Entonces, ¿qué objetivo tiene la educación? La respuesta puede ser esta:

      "Conocemos los anhelos de libertad de los humildes, de los proletarios, del pueblo en una palabra. Anhelos que están muy bien y que dicen mucho a su favor, a favor del sentimiento de dignidad, que como sabemos todos ese sentimiento de dignidad es en hombre tiene un santo y una seña que es la libertad. Qué pena da tener que pensar que esos anhelos no pueden colmarse ni en el mejor de los casos, pues esos mismos que tienen tales anhelos no son, por otra parte, capaces de administrar sus propios intereses y derechos, puestos que carecen de la instrucción y técnica indispensable para ello al carecer de conocimientos. Un pueblo amante de la libertad, un pueblo consciente de sus derechos, debe saber que la libertad no se poseerá si no se sabe administrar, si se vive siempre en una minoría de edad. Un pueblo así debe preocuparse de su instrucción, pues por el camino del analfabetismo y por el de la ignorancia no se encontrará más que la esclavitud, aunque sea de otra forma".

      No deja de sorprender ese lenguaje paternalista, superior y hasta de cierto desprecio hacia los "humildes". Parece que Arizmendiarrieta desconociera totalmente los impresionantes logros educativos que esos "humildes" han logrado mediante sus conquistas autoorganizativas, desde las cooperativas obreras y socialistas de finales del siglo XIX, como hemos visto, hasta los avances revolucionarios. No sabemos si el sacerdote vasco había tenido acceso a los datos sobre la intensa y extensa campaña de alfabetización popular en Cuba nada más liberarse de la dictadura interna y de la tutela de los EEUU, justo a comienzos de la década de 1961, pero ese ejemplo por sí sólo, y podríamos poner otros muchos, demostraba concluyentemente que los anhelos de los "humildes" sí pueden colmarse si se autoorganizan y generan cotas suficientes de poder popular, y sobre todo si crean su propio poder político.

      Una vez más llama la atención la ignorancia de sacerdote sobre la historia del movimiento obrero internacional y en especial sobre sus logros educativos. Pudiera ser que Arizmendiarrieta supiera algo más sobre esos hechos pero se lo callase porque contradecían abiertamente su modelo social. O si se quiere ¿educar para qué? El cómo educar depende del para qué educar. Desde esta perspectiva, la única válida a nuestro entender, nos parece que Joxe Azurmendi fuerza bastante la lógica cuando relaciona las ideas de Arizmendiarrieta con las de Marx y hasta con las de Mao Tse Tung en la fase de la Revolución Cultural.

      Si bien ya en la cita anterior tenemos una pista clara sobre el para qué educar, preferimos estas otras palabras más concretas: "Tras la socialización de la cultura viene inevitablemente una socialización de las fortunas y hasta del poder; diríamos que es la condición previa indispensable para una democratización y un progreso económico-social de un pueblo". O esta: "El agente más activo de la renovación es la cultura, la ciencia, la técnica, que tienen un común denominador que constituye el hombre con nueva mentalidad". Y esta última, para no extendernos: "Saber es poder y para democratizar el poder hay que socializar previamente el saber. No hacemos nada con proclamar los derechos, si luego los hombres cuyos derechos hemos proclamados son incapaces de administrarse, si para poder actuar no tienen otra solución que disponer de unos pocos indispensables".

      Realmente, nada de esto se puede comparar con las ideas de Marx y de Mao, y no siquiera con las de Gramsci, quien insistía con total razón en la importancia de que las clases trabajadoras desarrollaran su propia hegemonía cultural e ideológica antes de conquistas el poder político. Pero este es un debate que no entra en el objetivo de este texto.

      Lo realmente importante es descubrir el objetivo estratégico del por qué de esa educación, es decir, la ideología culturalista, pacifista y redentorista que Arizmendiarrieta quiere inculcar con esa educación. Y lo primero que hace es o bien mentir o bien volver a demostrar su crasa ignorancia histórica al sostener que: "No olvidemos que la burguesía superó y destronó a la aristocracia cuando alcanzó una cultura superior y por tanto el proletariado estará en condiciones de iniciar su reinado social cuando sea capaz de sustituir a relevar a la burguesía por su capacidad y preparación técnica y cultural". O desconoce la historia real de la lucha de clases o miente. La burguesía llegó al poder solamente gracias a terribles y sangrientas guerras de clase. Incluso aunque hubiera sido cierto lo que dice, que no lo fue, incluso así tampoco puede establecer una identidad entre la burguesía y el proletariado ya que el auge de cada uno se produce en contextos históricos cualitativamente diferentes.

      De nuevo, es clamorosa la ignorancia o la manipulación de Arizmendiarrieta. Hasta el presente y desde las primeras revueltas obreras y populares de finales del siglo XVIII en Gran Bretaña, por mucho desarrollo cultural, científico y técnico que hay logrado la clase trabajadora no le ha servido de nada si no ha asegurado esos avances mediante un poder de clase que lo englobe, proteja de la reacción burguesa y lo impulse hacia delante. Peor aún, periódicamente el Capital adapta sus disciplinas laborales y métodos de explotación para expropiar el saber obrero e integrarlo, subsumirlo, en el proceso de acumulación ampliada.

      Además, el sistema educativo del sacerdote busca expandir un pacifismo que sólo ha cosechado fracasos estrepitosos y ridículos trágicos. Simplemente, no es cierto que: "La salvación no la hemos de encontrar por el camino de la violencia y la fuerza. Que quien a hierro mata a hiero muere, dice el refrán; que por el camino de la violencia no se ha de allanar el abismo, sino ahondarlo más y más. Lo que a lo sumo pasará será que se variará el bastón de posición, de forma que la montera haga de mango y el mango de montera". Semejante manipulación falsificadora de la historia, o su desconocimiento, es empero necesaria para poder defender una postura pacifista que sí ha fracasado una y otra vez en la historia de la lucha de clases.

      Nos resulta imposible imaginar un sistema educativo que potencie el espíritu crítico y creativo de la gente "humilde" si está cimentado en esta advertencia: "Tenemos que ponernos a salvo de las aspiraciones utópicas, ya que las que pudieran merecer tal calificativo son un elemento perturbador por muy halagüeñas que pudieran parecernos". Recordemos que esta "pedagogía liberadora" --¡¡¿¿Qué dirían Freire, Piaget y otros muchos??!!-- está defendida en pleno franquismo. Y que durante esa dictadura Arizmendiarrieta defendió que: "La democracia ha de servir para hallar el punto de equilibrio". Recordemos el lema de la UCD de Adolfo Suárez: "la razón está en el centro".

      Por último, hay que entender este sistema educativo dentro del redentorismo idealista, cristiano, que mina y pudre toda la ideología del sacerdote: "El trabajo no es un castigo de Dios sino una prueba de confianza dada por Dios al hombre haciéndole colaborador suyo". Exceptuando muy pocas y reducidas corrientes históricas del movimiento obrero, y en su tiempo el stalinismo con todas sus variantes, el grueso de las aspiraciones socialistas ha criticado radicalmente el trabajo asalariado; ha luchado, matado y muerto por reducir lo más posible el tiempo de trabajo y por aumentar el tiempo libre, propio y verdaderamente humano. Para la clase obrera consciente de su suerte, el trabajo es una maldición, y Marx es el crítico radical por excelencia del trabajo asalariado.

      Pero Arizmendiarrieta sostiene que: "para nosotros nunca será el trabajo un castigo y el ocio una bendición del cielo y, por tanto, la riqueza el camino por donde se llega propiamente al paraíso humano. Para nosotros el trabajo es la contribución humana al plan y designios divinos para ir transformando y mejorando un mundo que, si bien no llegará a paraíso terrenal, sí debe aspirar a ser más confortable que lo que es hoy día".

      Los tres objetivos básicos se juntan, como la Santísima Trinidad, en un único fin como es el de desarrollar una masa social moldeada y educada desde su infancia más tierna e inocente en el culturalismo pacifista cristiano, en el que el redentorismo por y mediante el trabajo, el ahorro y la educación permanente sea el cemento social que permite que las personas como "alma de peón" y los "débiles" sean la fuerza de trabajo, el cuerpo y la materia que está bajo la dirección de los "espíritus fuertes".


      7.6. ARIZMENDIARRIETA Y SU NEUTRALIDAD POLÍTICA REACCIONARIA

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